El gobernador Axel Kicillof y el diputado Máximo Kirchner convirtieron el último aniversario del 24 de marzo en el escenario de su ruptura definitiva. Tras meses de tensiones acumuladas, ambos dirigentes evitaron fotos conjuntas y profundizaron la división estratégica dentro del peronismo de la provincia de Buenos Aires.

El aniversario del golpe de Estado de 1976 funcionó como el detonante final de la frágil tregua que mantenían Axel Kicillof y Máximo Kirchner. Lo que históricamente fue un espacio de unidad para el kirchnerismo se transformó en una demostración de fuerzas separadas, donde el gobernador bonaerense y el líder de La Cámpora movilizaron sus propias estructuras de manera independiente, evidenciando una fractura que parece no tener retorno.

La disputa por la conducción del Partido Justicialista bonaerense y el armado de listas para las próximas elecciones son los ejes centrales de este enfrentamiento. Mientras Kicillof busca consolidar un liderazgo propio que trascienda la tutela de la organización camporista, el hijo de la expresidenta intenta retener el control de la estructura partidaria y marcar la agenda política de la oposición frente al Gobierno Nacional.

Esta división interna debilita la capacidad de articulación del peronismo en su principal bastión electoral. La falta de diálogo entre la Gobernación y el kirchnerismo duro plantea un escenario de incertidumbre sobre la unidad del bloque en la Legislatura provincial, dejando al descubierto que la lucha por el poder hacia 2027 ya comenzó a fracturar los cimientos de la coalición opositora.

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